El abuso digital no siempre proviene de delincuentes desconocidos o de atacantes que operan desde el anonimato. En muchos casos, el agresor forma parte del círculo más cercano de la víctima. Un estudio global realizado por Kaspersky revela que casi 5 de cada 10 personas que identificaron a quien las agredió en línea señalan a alguien de su entorno inmediato, como amigos, parejas, familiares o compañeros de trabajo. Los resultados se conocen en el marco del Día para Detener el Ciberacoso, que se conmemora cada tercer viernes de junio. La investigación, realizada entre 7.600 personas de 19 países, ofrece una radiografía sobre una problemática que gana visibilidad a medida que la vida cotidiana depende cada vez más de plataformas digitales, aplicaciones de mensajería y redes sociales.

El agresor suele estar cerca
Uno de los hallazgos más relevantes del estudio es que el abuso facilitado por la tecnología tiene un fuerte componente relacional. Entre las personas que lograron identificar a quien ejerció la agresión, el 15% señaló a un amigo. Las parejas actuales representaron el 10% de los casos, los compañeros de trabajo el 8%, los familiares el 7% y las exparejas el 6%. Estos datos muestran que el abuso digital no se limita a amenazas externas. Por el contrario, muchas conductas de vigilancia, control o intimidación se desarrollan dentro de relaciones personales ya establecidas.
La investigación también detecta un patrón preocupante. Las personas que fueron víctimas de abuso por parte de amigos, familiares o parejas tienen más probabilidades de admitir que también ejercieron conductas similares hacia integrantes de esos mismos grupos. Esto sugiere la existencia de ciclos de comportamiento que pueden normalizarse dentro de determinadas relaciones sociales y afectivas.
Diversos especialistas en violencia digital han advertido durante años que ciertas prácticas suelen ser minimizadas o justificadas bajo argumentos relacionados con la confianza, los celos o la protección. Sin embargo, cuando implican vigilancia constante o invasión de la privacidad, pueden transformarse en formas de abuso.
La Generación Z reporta más casos
El estudio también identifica diferencias importantes entre grupos etarios. La Generación Z aparece como la más expuesta a este tipo de situaciones. Cerca del 60% de los encuestados pertenecientes a esta generación afirma haber experimentado al menos una forma de abuso digital durante el último año. Al mismo tiempo, son quienes muestran un mayor nivel de conocimiento sobre el fenómeno. 81% de los integrantes de la Generación Z asegura conocer el término “abuso facilitado por la tecnología”. Entre los Baby Boomers, en cambio, esa cifra cae hasta 64%.
La diferencia puede explicarse por varios factores. Las generaciones más jóvenes pasan una mayor cantidad de tiempo conectadas, utilizan más servicios digitales y desarrollan una parte importante de sus relaciones personales a través de aplicaciones y plataformas en línea. Como consecuencia, también están más expuestas a riesgos relacionados con la privacidad, el control y el hostigamiento digital. No obstante, una mayor familiaridad con el concepto no necesariamente implica una mejor protección frente al problema. Los datos muestran que el nivel de incidencia sigue siendo elevado entre los usuarios más jóvenes.
Las mujeres reportan mayor sensación de inseguridad
La investigación también encuentra diferencias de percepción según el género. 62% de las mujeres consultadas afirma sentirse insegura en línea. Entre los hombres, esa proporción alcanza el 54%. La brecha coincide con diversos estudios internacionales que han documentado una mayor exposición de las mujeres a formas específicas de violencia digital. Entre ellas destacan el acoso persistente, la vigilancia por parte de parejas o exparejas, la difusión no autorizada de contenido privado y otras formas de hostigamiento facilitadas por herramientas tecnológicas.
Organismos como la ONU y diferentes entidades dedicadas a los derechos digitales han advertido que estas prácticas pueden generar consecuencias psicológicas significativas, afectar la participación de las personas en espacios digitales e incluso trasladarse al mundo físico.
Cuando el control se disfraza de rutina
Uno de los aspectos más complejos del abuso facilitado por la tecnología es que muchas veces comienza con conductas aparentemente normales.
Revisar conversaciones privadas, solicitar contraseñas, exigir acceso a cuentas personales, monitorear la ubicación en tiempo real o controlar con quién se comunica una persona pueden parecer acciones cotidianas en algunas relaciones.
Sin embargo, cuando estas prácticas se realizan sin consentimiento libre o se utilizan para vigilar, intimidar o limitar la autonomía de alguien, pueden convertirse en mecanismos de control.
Fabiano Tricarico, director de Productos para el Consumidor para Américas en Kaspersky, señala que durante años los riesgos digitales se asociaron principalmente con amenazas externas, pero que una parte importante del abuso facilitado por la tecnología ocurre dentro de relaciones cotidianas.
Según explica, este escenario plantea un desafío diferente porque no se trata únicamente de proteger dispositivos o cuentas, sino también de identificar conductas de vigilancia, control o intimidación que migran al entorno digital y afectan el bienestar de las personas.
Cómo reducir el riesgo de abuso digital
Los especialistas recomiendan prestar atención a determinadas señales que pueden indicar situaciones de abuso facilitado por la tecnología.
Entre ellas destacan la revisión constante de conversaciones privadas, la exigencia de compartir contraseñas, el monitoreo permanente de la ubicación, el control de contactos personales o el uso de información privada para ejercer presión psicológica.
También aconsejan conservar evidencias cuando se detecten situaciones sospechosas. Capturas de pantalla, mensajes, correos electrónicos y registros de llamadas pueden resultar útiles en caso de que sea necesario denunciar los hechos o buscar apoyo especializado.
Desde el punto de vista técnico, las recomendaciones incluyen utilizar contraseñas únicas para cada servicio, activar la autenticación de dos factores y revisar periódicamente la configuración de privacidad en redes sociales, aplicaciones de mensajería y cuentas de correo electrónico.
Otro aspecto importante consiste en verificar qué aplicaciones tienen acceso a información sensible del dispositivo. Los expertos sugieren eliminar permisos innecesarios, cerrar sesiones abiertas en equipos desconocidos y evitar compartir ubicaciones en tiempo real cuando no sea indispensable.
Un problema cada vez más visible
La expansión de teléfonos inteligentes, redes sociales y servicios conectados ha creado nuevas oportunidades de comunicación, pero también nuevas formas de control y abuso.
La investigación realizada en países de Europa, América, Asia y África confirma que el problema tiene alcance global y afecta a distintos grupos de edad, aunque con especial intensidad entre los usuarios más jóvenes.
Los resultados también ponen de relieve una realidad que con frecuencia pasa desapercibida: el riesgo no siempre proviene de ciberdelincuentes desconocidos. En una proporción significativa de casos, la amenaza se encuentra dentro del propio círculo de confianza de la víctima.
Reconocer estas conductas y comprender sus implicaciones se perfila como uno de los principales desafíos para la seguridad digital en una época donde la frontera entre la vida personal y la vida en línea es cada vez más difusa.















