Un video de 15 segundos puede bastar. Un adolescente hace una pose, camina con actitud o suelta un gesto inesperado frente a sus amigos. El clip se sube a redes sociales. Se vuelve viral. Y ahí empieza el problema. La dinámica se llama «farmear aura» y ya es una de las tendencias más comentadas entre la Generación Z. Nació en la jerga de los videojuegos, saltó a TikTok y hoy se practica también en la calle, en los colegios y en las canchas, a través de las llamadas «batallas de aura»: duelos informales de poses y gestos donde un grupo de espectadores decide, con sus reacciones, quién «ganó» más presencia o carisma. La expresión hace referencia a las acciones que llevan a cabo los jóvenes para ganar reputación o «puntos» a través de muestras de carisma, seguridad y despreocupación. El fenómeno se popularizó en 2025, cuando un niño indonesio de 11 años se hizo viral por bailar con seguridad en la proa de una embarcación.

Detrás del juego hay algo bastante conocido para cualquier psicólogo del desarrollo. Especialistas explican que la tendencia se relaciona con la necesidad de pertenecer a un grupo, reforzar la autoestima y construir identidad, algo especialmente sensible en la niñez y la adolescencia, cuando la mirada de los demás pesa mucho en esa búsqueda. El problema no es el baile ni la pose. El problema es lo que pasa después, cuando el algoritmo decide que ese video merece millones de vistas.
La viralidad no perdona
Ya no hace falta ser influencer para terminar expuesto ante una audiencia masiva. Un baile en un evento escolar, una reacción captada en un partido, una escena grabada por el celular de un desconocido: cualquiera de esos momentos puede convertir a un menor en meme de la noche a la mañana. Y con la fama llega la curiosidad ajena.
Según advierte la firma de ciberseguridad Kaspersky, cuando un clip se viraliza, otros usuarios empiezan a investigar quién aparece en él. Cruzan perfiles de distintas plataformas, buscan el nombre del colegio, la ubicación, los amigos, los pasatiempos, la rutina diaria. Nada de esto requiere hackeo ni sofisticación técnica: alcanza con juntar piezas de información que el propio menor, o su entorno, ya publicó en algún momento.
La huella digital de un adolescente no se limita a lo que sube hoy. Incluye perfiles viejos que ya no usa, comentarios de hace años, fotos donde otros lo etiquetaron, nombres de usuario repetidos entre plataformas. Toda esa historia queda disponible para quien decida buscarla, y la viralidad funciona como un imán que atrae justamente ese tipo de búsquedas.
De la fama a la manipulación
El riesgo real no es el ridículo ni el bullying, aunque también pueden ocurrir. Es la ingeniería social. Carolina Mojica, gerente de Productos al Consumidor para Norte de Latinoamérica en Kaspersky, resume el problema: «cuando un menor se vuelve viral, el riesgo no termina en la exposición de su imagen. La información que queda disponible alrededor de ese contenido puede ayudar a un ciberdelincuente a personalizar un fraude, hacerse pasar por alguien conocido, intentar tomar control de sus cuentas o incluso utilizar esa información para intimidarlo o extorsionarlo».
La mecánica es simple y ya está documentada en decenas de casos de estafa digital: alguien contacta al adolescente diciendo que representa a una marca, que quiere una colaboración, que vio el video y quedó impresionado. Para sonar creíble, menciona el nombre de un amigo, el colegio, algún hobby, un evento reciente. Toda esa información es pública. El menor, deslumbrado por la atención repentina, baja la guardia. Ahí es cuando empieza el pedido de datos, de contraseñas o de contenido cada vez más comprometedor.
Consulte al psiquiatra
Un psiquiatra consultado sobre el fenómeno lo describe como una versión actualizada de conductas que existieron siempre entre adolescentes: un giro conceptual sobre el viejo «hacer facha» de otras generaciones, solo que ahora amplificado por algoritmos que premian lo llamativo y castigan el anonimato. La diferencia con el pasado es la escala: antes la fama de barrio se quedaba en el barrio. Hoy, un video puede llegar a millones de desconocidos en horas, y una parte de esos desconocidos no tiene intenciones amistosas.
Qué pueden hacer las familias
No se trata de prohibir la tendencia ni de satanizar TikTok. Se trata de reducir el material que un extraño puede usar en contra de un hijo. Algunas medidas concretas:
- Auditar la huella digital existente. Revisar juntos qué información hay disponible públicamente sobre el menor, borrar lo innecesario y restringir quién puede ver las publicaciones nuevas y viejas.
- Activar seguridad básica. Contraseñas únicas por plataforma y autenticación en dos pasos, para que un dato filtrado no abra todas las puertas a la vez.
- Desconfiar de contactos inesperados. Ninguna propuesta de colaboración, premio o representación de marca es automáticamente legítima solo porque quien escribe conoce detalles del video viral. Verificar identidad antes de compartir cualquier dato o código de acceso.
- Hablar del tema antes de que ocurra. Explicarle a un adolescente que mientras más grande es la audiencia, menos se puede asumir que todos tienen buenas intenciones, es una conversación que rinde más antes de la viralidad que después.
La fiebre por «farmear aura» probablemente sea pasajera, como casi todas las tendencias de redes sociales. Los datos que deja atrás, no tanto. Un video puede borrarse. La información que otros recopilaron a partir de él, no siempre.















