El pasado mes de abril, una pulsera de actividad Fitbit se convirtió en una de las principales pruebas de cargo en un homicidio en una causa que provocó un gran revuelo en Estados Unidos. El wearable fue testigo silencioso de la lucha a muerte entre Connie Dabate y su misterioso asesino; el dispositivo midió los bruscos movimientos y las pulsaciones hasta detener toda actividad a las 10:05, la que fue considerada como hora de la muerte de la mujer.
Fue gracias a esta pulsera que se descubrió la identidad del asesino: su propio marido. Y es que los dispositivos conectados se están convirtiendo en pruebas de cargo y como testigos mudos de delitos que son posteriormente resueltos gracias a la información registrada por los mismos.
Tanto los espías del salón como las pulseras y móviles pueden registrar en todo momento todo lo que sucede a su alrededor, incluyendo grabaciones de audio, y lo que se convierte en una pesadilla para los defensores de su privacidad, puede contribuir a resolver complejos delitos.
Meses más tarde del suceso de la pulsera Fitbit, un juez ordenó a Amazon revelar el contenido del altavoz Echo «un dispositivo en escucha permanente» en la fecha y horas en las que presuntamente se cometió un crimen. En este caso se contaba con el beneplácito del sospechoso, pero la firma se limitó a proporcionar una transcripción de la actividad del equipo, negándose a entregar el audio al considerarlo una vulneración de los derechos fundamentales del acusado.
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