En la mañana del 30 de octubre de 1961, un bombardero soviético Tu-95 despegó del campo de Olenya en la península de Kola, en el extremo norte de Rusia, para una misión que no tenía precedentes en la historia. La Segunda Guerra Mundial había colocado a Estados Unidos y la Unión Soviética en el mismo campo, pero en la posguerra las relaciones congelaron. Y los soviéticos, en rivalidad contra la única superpotencia nuclear del mundo, sólo tenían una opción: ponerse al día, y rápido.

La Bomba del Zar: El Tu-95 llevaba una enorme bomba debajo, demasiado grande para el área de carga, donde estas municiones se transportaban usualmente. Esta bomba ahora se conoce como la «Bomba del Zar». Tenía 8 metros de largo, un diámetro de casi 2,6 metros y pesaba más de 27 toneladas. Era, físicamente, muy similar en forma a las bombas «Little Boy» y «Fat Man» que habían devastado las ciudades japonesas de Hiroshima y Nagasaki una década y media antes.

Fue el resultado de un febril intento de los científicos de la URSS de crear el arma nuclear más potente, impulsado por el deseo del primer ministro Nikita Khruschchev de hacer temblar al mundo ante el poder de la tecnología soviética. Más que una monstruosidad metálica demasiado monumental para caber dentro del avión más grande, era una destructora de ciudades, un arma de último recurso.
Efecto devastador: El Tupolev, llegó a su destino en Novya Zemlya, un archipiélago escasamente poblado en el mar de Barents, al norte de la URSS. La Bomba del Zar fue detonada a las 11:32, hora de Moscú. En un instante creó una bola de fuego de ocho kilómetros de ancho y su propia onda expansiva la impulsó hacia arriba. El destello luminoso se pudo ver desde 1.000 km de distancia. La nube en forma de hongo de la bomba alcanzó 64 kilómetros de altura, y se extendió casi 100 km, de extremo a extremo.
La Bomba del Zar desató una energía casi increíble, que ahora se cree de unos 57 megatones o 57 millones de toneladas de TNT. Eso es más de 1.500 veces la energía desatada por las bombas de Hiroshima y Nagasaki combinadas, y 10 veces más que todas las municiones gastadas durante la Segunda Guerra Mundial. Los sensores registraron la onda expansiva de la bomba en órbita alrededor de la Tierra no una vez, ni dos, sino tres veces. Tal explosión no podía mantenerse en secreto. La condena internacional se produjo de inmediato. Lo único positivo -si cabe- fue que como la bola de fuego no había hecho contacto con la Tierra, había una cantidad sorprendentemente baja de radiación.
Demasiado grande: El diseño original, una bomba de tres capas, con mantos de uranio separando cada una, habría tenido un rendimiento de 100 megatones, 3.000 veces el tamaño de las bombas de Hiroshima y Nagasaki. Algunos científicos comenzaron a creer que era demasiado grande. Con tan inmenso poder, no habría ninguna garantía de que la bomba gigante no provocara en el norte de la URSS una vasta nube de precipitaciones radioactivas.
Esto fue motivo de especial preocupación para Sajarov, «Estaba realmente preocupado por la cantidad de radioactividad que crearía y los efectos genéticos que podrían tener sobre las generaciones futuras», dice. «Fue el principio de un viraje: de ser un diseñador de bombas, iba a convertirse en un disidente».

Los soviéticos habían construido un arma tan poderosa que no estaban dispuestos a probarla a toda su capacidad. Sajarov temía que una bomba más grande que la que había sido probada no pudiera ser rechazada por su propia onda expansiva -como lo había la Bomba del Zar- y que propagara los residuos tóxicos por todo el planeta.
Se convirtió en crítico abierto de la proliferación nuclear y, a finales de los años sesenta, de las defensas antimisiles que temía que estimularían otra carrera armamentística nuclear. Se vio condenado al ostracismo y se convirtió en disidente contra la opresión. Cuando en 1975 recibió el Premio Nobel de la Paz, era considerado «la conciencia de la humanidad», dice von Hippel. Sin Sajarov, la Bomba del Zar podría haber tenido otras consecuencias.
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