Mientras los chinos envían containers llenos de mascarillas para sus familiares en Wuhan, lógicamente, lo que preocupa fuera de China es lo que sale desde ese país para el resto del mundo. El imaginario colectivo está lleno de escalofriantes imágenes con virus estallando en nuestra cara al abrir el correo postal. Hay hasta un mítico capítulo de Los Simpsons donde un virus contaminó la ciudad de Springfield a través de un paquete llegado de Japón, y las profecías de esta serie son míticas.

¡Clama! Podemos dar rienda suelta a nuestro consumismo asiático low cost. La viabilidad de que los virus sobre los objetos infecten al ser humano es muy baja, de apenas unas horas. Estamos a salvo, a menos que en ese breve espacio de tiempo chupemos el paquete o apoyemos una herida abierta sobre el mismo coincidiendo con la presencia del virus, cosa improbable si el paquete viene de China.
Aunque la OMS ha declarado la emergencia internacional de salud pública ante el coronavirus, en el resto de países no debe cundir la alarma. Recordemos que las medidas de prevención son las mismas usadas frente a la gripe: evitar contacto directo con enfermos, lavarnos frecuentemente las manos, estornudar hacia el codo y proteger especialmente a los grupos de riesgo.
Los grupos de riesgo del coronavirus también son similares: bebés, personas mayores, inmunodeprimidos o personas con ciertas enfermedades crónicas, entre otros.
¿Con o sin mascarilla?
Al día de hoy, las recomendaciones oficiales de la OMS sobre el uso de mascarilla para prevenir el coronavirus se ciñen al entorno hospitalario o a procesos de aislamiento. Y, en caso de existir tales recomendaciones, no olvidemos dos cuestiones: la primera, que la eficacia de las mascarillas en la prevención del contagio por virus es limitada y la segunda, que no todas las mascarillas son iguales.
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