Una tormenta solar geomagnética ocurrida en noviembre de 2025 hizo algo que ningún evento similar había hecho antes. Durante varias horas, alteró la capa de la atmósfera por donde viajan las señales de los satélites GPS. El resultado fue sorprendente: errores de posicionamiento de más de 10 metros en distintos puntos de Estados Unidos, y una perturbación que se extendió casi de costa a costa. Un fenómeno de esta magnitud, en estas latitudes, nunca se había documentado con tanto detalle.

La noticia no es una advertencia futurista. Es un hecho ya ocurrido, analizado y publicado por un equipo de científicos que ahora pone sobre la mesa una pregunta incómoda: ¿qué tan preparada está la tecnología que usamos todos los días para resistir el clima espacial?
Qué pasó realmente en el cielo
Todo comenzó con una serie de eyecciones de masa coronal, es decir, enormes expulsiones de plasma y campo magnético desde la superficie del Sol. Estas erupciones estuvieron asociadas a llamaradas solares de clase X, las más intensas que existen, originadas en una región activa del Sol identificada por los astrónomos. Cuando ese material llegó a la Tierra, entre el 11 y el 13 de noviembre de 2025, provocó una tormenta geomagnética severa.
Los científicos que estudiaron el evento la calificaron como una tormenta extrema, con valores de intensidad muy altos según los índices que se usan para medir este tipo de fenómenos. La consecuencia visible fue una aurora boreal que se corrió mucho más al sur de lo habitual, con reportes de avistamientos incluso en zonas tan meridionales como Florida.
Pero el efecto más importante no se vio a simple vista. Ocurrió en la ionosfera, la capa de la atmósfera situada a partir de los 70 kilómetros de altura, cargada eléctricamente por la radiación solar. Es justamente esa capa la que deben atravesar las señales de radio que envían los satélites de navegación para que nuestros teléfonos, autos y aviones sepan dónde están.
El estudio que encendió las alarmas
Un equipo liderado por el físico espacial Endawoke Yizengaw, de The Aerospace Corporation, se dedicó a reconstruir minuto a minuto lo que había pasado esa noche. Combinaron imágenes de auroras con datos de cientos de receptores GPS terrestres distribuidos por Estados Unidos y Canadá. Sus hallazgos se publicaron en la revista científica Geophysical Research Letters a fines de agosto de 2026.
Lo que encontraron fue una banda ancha de actividad, orientada de este a oeste, con una intensa precipitación de partículas cargadas sobre esa franja. A lo largo de esa región, los cambios abruptos en la densidad de electrones favorecieron la aparición de pequeñas irregularidades en el plasma atmosférico. Esas irregularidades son las que terminan distorsionando las señales de radio.
Malas vibras…
El fenómeno técnico se llama centelleo de amplitud, y describe las fluctuaciones rápidas en la intensidad de la señal GPS cuando atraviesa una ionosfera perturbada. Los investigadores detectaron un centelleo fuerte en una franja de longitud que va aproximadamente de los 80 a los 120 grados oeste, es decir, buena parte del centro y el este del país. En algunos puntos dentro de esa zona, los errores horizontales de posicionamiento superaron los 10 metros.
Lo verdaderamente inédito no fue solo la magnitud del error. Fue la escala geográfica. Este tipo de perturbaciones intensas suele concentrarse cerca de los polos o del ecuador, no en latitudes medias como las de buena parte de Estados Unidos. Ver una banda de disturbio tan amplia y tan simultánea, en una región donde el fenómeno suele ser mucho más débil, fue lo que sorprendió a los científicos.
No es la primera vez, pero sí distinto
Este episodio se suma a una lista de tormentas solares recientes que ya habían puesto en jaque a la tecnología satelital. En mayo de 2024, la llamada tormenta «Gannon» —bautizada así en honor a una científica que había alertado sobre el fenómeno— provocó errores de GPS de hasta 70 metros en algunos estados del centro de Estados Unidos. En ese caso, el impacto económico fue directo: los tractores con piloto automático perdieron la referencia de sus filas de siembra, y las pérdidas en agricultura de precisión se estimaron en unos 500 millones de dólares, según un análisis económico citado por medios especializados en el sector espacial.
La tormenta de noviembre de 2025 tuvo errores menores en comparación con la de 2024, pero su extensión geográfica fue mucho más inusual. Los investigadores advierten que, si un evento de este tipo hubiera coincidido con la temporada de siembra en primavera, las pérdidas agrícolas también habrían sido cuantiosas.
El antecedente histórico que suele mencionarse en estos casos es el evento Carrington, una tormenta solar de 1859 considerada la más potente jamás registrada. En aquel momento, el único sistema tecnológico afectado fue el telégrafo, que colapsó en buena parte de Europa y Norteamérica. Análisis de gobiernos y academias científicas coinciden en que, si una tormenta de esa magnitud ocurriera hoy, el impacto sería mucho mayor, porque la sociedad actual depende de las comunicaciones satelitales y de la energía eléctrica de una forma que no existía hace más de siglo y medio.
Por qué esto nos afecta a todos
El GPS dejó de ser, hace tiempo, una simple aplicación para encontrar direcciones. Es la columna vertebral silenciosa de sistemas mucho más críticos. Los aviones lo usan para aproximaciones de precisión en los aterrizajes. Los vehículos autónomos dependen de él para saber en qué carril están. Las redes eléctricas y de telecomunicaciones lo utilizan para sincronizar sus relojes internos con extrema exactitud. Y, como quedó claro con la tormenta Gannon, la maquinaria agrícola moderna prácticamente no puede operar sin una señal satelital confiable.
Un error de 10 metros puede parecer poco, pero en sistemas diseñados para trabajar con márgenes de centímetros, es una diferencia enorme. Puede significar que un vehículo autónomo calcule mal en qué carril se encuentra, o que un avión reciba una lectura de posición poco fiable durante una maniobra delicada.
Los propios autores del estudio no plantean este hallazgo como una alarma apocalíptica, sino como evidencia científica de un punto ciego. Hasta ahora, los modelos de predicción de clima espacial no contemplaban que un fenómeno de esta escala pudiera producirse en latitudes medias con esa intensidad. El nuevo estudio obliga a revisar esos modelos y a pensar en sistemas de respaldo más robustos para cuando la próxima tormenta solar, inevitablemente, vuelva a golpear la Tierra.














