Las posibilidades infinitas de comunicación que ofrece el WhatsApp nos están volviendo locos a todos. Enumero algunas de las perturbadoras consecuencias de la citada aplicación:

- El WhatsApp ya no es solo una comunicación personal, sino grupal. Muchas veces serás añadido en grupos de los que luego te dará vergüenza salirte porque tienes miedo de que lo consideren un desaire los restantes integrantes. Entonces, empiezas a formar parte de centenares de grupos que se superponen confundiéndote. Con frecuencia manda uno un mensaje por equivocación al grupo que no era, lo que genera no pocas situaciones de conflicto y enredo. En lo personal, a mí me da tanta vergüenza abandonar un grupo, que hay algunos en los que me han dejado solito como administrador y aun así me da vaina conmigo mismo salirme y de vez en cuando me escribo y me respondo.
- En los grupos se pierde con facilidad la amabilidad, la cortesía y el sentido común. Se dicen cosas que no se dirían nunca cara a cara. Esto también produce discusiones interminables. Muchas veces, uno tiene que rastrear el origen del primer insulto, para entender luego la extensa sucesión de agresiones. Hay que hacer un esquema mental de quien ofendió a quien para saber uno qué partido toma en la contienda. En una oportunidad, rebatiendo unos argumentos descalificando al autor, me di cuenta de que eran míos de una conversación anterior. Ni que hablar de las noticias falsas, cadenas repetitivas o videos impublicables.
- Los mensajes de texto se prestan a confusión por múltiples razones. El corrector muchas veces escribe lo que él cree conveniente y uno manda sin revisar. Se han visto casos de matrimonios rotos, familias enemistadas, instituciones disueltas y millonarios arruinados.
- Pero, además, los mensajes de texto no vienen solos, vienen acompañados de algo que se denomina emoticonos (de la unión de emoción con icono) y de emojis (dibujo en japonés). Emojis y emoticonos no son los mismo. Este último está formado por signos de puntuación, mientras que el primero enumera una variedad de ideogramas, pictogramas, logogramas y todo tipo de gramas. Así que en términos de comunicación hemos vuelto a los jeroglíficos de los tiempos de Ramsés II. En estos días una amiga me envió una imagen de una llama peruana y yo le pregunté: «¿Qué? ¿De viaje por Perú?» y ella me respondió: «¡No chico, llama, que llames!».
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